Si se reúnen un promotor, un político y un arquitecto – los tres elementos necesarios para echar a andar cualquier proyecto- se puede esperar lo peor urbanísticamente hablando.
Se puede esperar la destrucción cualquier paisaje, de cualquier conjunto, de cualquier monumento para levantar un edificio que nada tenga que ver con su entorno… Su único objetivo es -si los dejan, claro- sacar el máximo beneficio, lo que se llama especulación. España está llena de tristes ejemplos. Y Madrid también, por supuesto. Un simple paseo por la ciudad basta para darse cuenta de ello. Pasemos por alto los edificios históricos, los palacios, los chalets monumentales que han caído bajo la piqueta y centrémonos solamente en lo que se ve, en esos edificios horrorosos construidos sobre todo en la segunda mitad del pasado siglo que rompen la unidad arquitectónica de la ciudad, en esos edificios que, simplemente, hacen daño a la vista.
Uno de ellos, el primero, está en el corazón de Madrid, a espaldas de la Puerta del Sol, en la plaza de Jacinto Benavente, en la esquina con esquina a Carretas. Hermoso esquinazo convertido en un mamotreto feísimo que rompe la estética de una plaza en la que hay edificios tan bellos como el del teatro Calderón o la dirección general de Registros y Notariado del Ministerio de Justicia. ( Entre la calle Atocha y la plaza del Ángel hay un edificio moderno -ahora en obras- que también deja mucho que desear)
La plaza, a día de hoy, tiene aspecto de abandono: no tiene ningún encanto. Quieren reformarla, falta le hace, aunque ninguna reforma será suficiente mientras siga en pie, que seguirá, el horroroso edificio que nos ocupa.











